Cómo contar una historia (1): patrones

Los tres participantes de hoy los siguientes:

Ramiro tiene 48 años y trabaja como jefe de ventas en una empresa de equipos de protección contra incendios. Tiene esposa y dos hijos, la mayor está terminando farmacia y el pequeño está en segundo año de diseño gráfico (aparece un tipo de mediana edad y aspecto cansado, vestido con traje y corbata y llevando un maletín).

Alfonso-kun tiene 29 años y, aunque actualmente está en paro, hasta hace mes y medio hacía sustituciones repartiendo periódicos en su barrio. Está soltero y vive con sus padres (Alfonso entra mirando al suelo y se coloca en un rincón. Lleva una sudadera de Shingeki no Kyojin).

Yolanda tiene 32 años y es entrevistadore en el Observatorio de Estudios de Género de su ciudad. No ha querido revelar su estado civil y sobre esto nos ha pedido que digamos que “el matrimonio es un constructo del patriarcado falocéntrico opresor”, y así lo transmitimos (entra una chica con el pelo azul y 90 kilos llevando una camiseta que dice MACHETE AL MACHITO).

Los tres datos que tenemos que asignar a nuestros participantes son los siguientes: uno de ellos duerme con una dakimakura de Megumin, a otro le gusta ver el fútbol los domingos por la tarde y el tercero es vegano activista. ¿Cuál se aplica a quién?


Por razones evolutivas y de supervivencia, el cerebro humano es muy bueno identificando patrones; y además tiene la tendencia de asociar la información a esos patrones, o de buscarlos para conectar los datos disponibles. Y a partir de ahí a hacer predicciones o a rellenar los huecos en base a ellos; por eso aquí todos vamos a acertar a quién le gusta el fútbol.

No solo creamos patrones, sino que asociamos ideas a esos patrones: por ejemplo, la idea de lo que es “normal”, lo que es “realista” (o sea, adaptado a los patrones que reconocemos como habituales en la realidad que nos rodea). Tú puedes situar una historia en la panadería de la esquina o en un mundo de magia y unicornos: tus lectores podrán aceptar el punto de partida que les propongas, pero si quieres que se “crean” lo que les cuentas y que no les salten las “alarmas de incredibilidad” tendrás que hacerlo de manera que te acerques lo más posible a los patrones que ellos asocian con la idea de “lo posible”, de “normal”.

Y no hablo de contenidos sino de estructura. En los siguientes posts pondré algunos ejemplos según el aspecto narrativo del que esté hablando; pero por mencionar algo ahora, si un personaje tiene una personalidad (has creado un patrón que genera unas expectativas y descarta otras) y de repente hace cosas que no le pegan nada, esto chirría igual en la panadería de la esquina que en el espacio exterior.

En los siguientes posts hablaremos de cosas como el flujo de información (cómo y a qué ritmo te enteras de las cosas), el espacio negativo (no lo sabes todo de todo el mundo), el concepto de “acción”, la voz de los personajes, su evolución objetiva y subjetiva, de cómo crear un ambiente de “suspensión de incredulidad” o de por qué escribir con tu propio lenguaje. Todo lo que venga estará basado en lo que he explicado hasta ahora: lo que percibimos como “patrones creíbles” y las ideas que asociamos a ellos.

Casi siempre lo que diferencia a los buenos escritores de los malos no es solo su habilidad técnica, sino también su empatía con otras personas y por tanto la capacidad de conectar con ellos: para empezar tienes que contar las cosas de una manera que sea compatible con tus lectores y con cómo ven ellos el mundo, y luego eliges el contenido que quieras con el estilo que quieras que gustará o no (eso ya no depende de ti). Da igual el mensaje que tú lanzas, lo que permanece es el mensaje que los otros reciben y la clave está en que sepas controlar el proceso para que, independientemente de en qué dirección tengas que lanzar el dardo para jugar con la gravedad, el viento y cualquier otro factor, al final caiga justo donde tú quieres. Eso es contar bien.

(Link al siguiente post de la serie)